La palabra mágica

Recuerdo una vez cuando en el terreno de juego un entrenador me contaba algunas carencias que había detectado en su pupila y que no sabía cómo abordar. Charlamos distendidamente y le comenté cuáles eran los procesos tras los que estaba el compromiso y la percepción de mejora (que era de lo que me hablaba el entrenador). Él lo vio tan claro que en el mismo entrenamiento me dijo “habla con ella”, como si allí, en un momento, lo que yo le dijera a la deportista iba a generar en ella un efecto inmediato, una fuerza inmensa que lo pudiera todo y que con eso ya estaba.
No sé, resulta muy simple e incluso ingenuo pensar que por decir “unas palabras” estas van a tener en los deportistas o entrenadores un efecto devastador que les va a llevar a realizar ejecuciones increíbles, que por el hecho de decírselas (y de escucharlas) “ya está”.
Bueno, si fuera así: ¡qué fácil!
Sólo habría que descubrir “el secreto”, “las palabras mágicas” que nos llevarían a rendir al máximo, a construir y mantener la confianza, a persistir ante las adversidades, a minimizar los errores, a manejar las emociones en la dirección adecuada, a recordar contra viento y marea que nuestro objetivo siempre es seguir mejorando, a ...

En otra ocasión un deportista me contó que la gente le decía: “Pero tú, confía en ti”, y él se preguntaba: ¿Pero confiar en qué?
Porque es muy fácil “decir palabras”, pero el “efecto de las palabras” está en el significado que tienen y en la interpretación que hacemos de ellas.
José Antonio Marina y Marisa López en su “Diccionario de los sentimientos”. (Ed. Anagrama), dicen: “Las palabras son hologramas que resumen gigantescas cantidades de información...” Por eso, si no tenemos esa información, son palabras vacías que no pueden ejercer ningún efecto “mágico” sobre quien las escucha.
Como explican los expertos en “pensamiento y lenguaje”, cuando decimos casa, en nuestro cerebro se desencadenan procesos que nos llevan a la representación del significado casa, y además de la imagen que nos evoca, también están las emociones que nos suscita.
Así que si decimos "trasurcio", no pasa nada, porque "trasurcio" no tiene “significado” para nosotros, ni bueno ni malo ni todo lo contrario.
Pensemos ahora qué pasa si alguien que no conoce a un deportista, que no sabe en qué momento de la preparación está, que no tiene idea de sus objetivos, que no sabe cuál es su orientación motivacional, ni si trabaja el sistema de autorregulación, ni su perfil de rendimiento óptimo, ni...
Imaginemos que va, y antes de salir a una competición le dice: “¡confía!”.
Entonces pueden pasar varias cosas: que el deportista tenga construida su confianza y no le influya nada este comentario; que se pregunte “¿pero confiar en qué?”, (...); o que el deportista oiga: “trasurcio” (...).
El entrenamiento mental es como su nombre indica “entrenamiento”, y de la misma manera que no hay un entrenamiento de fuerza “mágico” que lo hagas un día y te produzca un incremento de esta de un 50%, pues no hay una “palabra mágica” que la digas un día y al siguiente te conviertas en el deportista más concentrado del mundo.
Es más, igual que la preparación física está dividida en distintos aspectos (fuerza, velocidad, resistencia, potencia...), la preparación mental también (motivación, confianza, concentración...), y no se entrena la fuerza sin tener en cuenta su relación con la potencia o la velocidad, lo mismo que no se entrena la motivación sin saber de su conexión con la confianza o las emociones.
Por eso “una palabra” sin un trabajo previo detrás, sin saber qué información hay en ella, nos lleva a nada; a pensar quizás que como no hay nada, nada hay que mejorar, y de ahí a pensar que la mentalidad competitiva está en nuestros genes hay un paso...