Aún recuerdo cuando en nuestra etapa de competidoras algunos entrenadores nos miraban mal e incluso nos regañaban a Yolanda Soler (Bronce Olímpico en Atlanta'96) y a mí porque nos reíamos en los descansos de los entrenamientos… Reíamos por todo, por cosas del entrenamiento y por cosas de fuera, daba igual cuál era la “disculpa” para reírnos (imitábamos a Chiquito de la Calzada, hacíamos gestos para descubrir títulos de películas, recordábamos cómo nos perdimos en aquella carretera de Alemania yendo a un campeonato y no teníamos gasolina y… uf! llegamos por poco…). 
Daba igual. Lo importante era reír. Y lo entrenábamos cada día, con empeño. Lo teníamos interiorizado, y si por algún motivo alguna “lo olvidaba”, ahí estaba la otra para enchufarla a reír.

Daba igual. Lo importante era reír. Y lo entrenábamos cada día, con empeño. Lo teníamos interiorizado, y si por algún motivo alguna “lo olvidaba”, ahí estaba la otra para enchufarla a reír.
“La risa libera endorfinas conocidas como las hormonas de la felicidad, además de serotonina, dopamina y adrenalina. La explosión de carcajadas provoca algo muy parecido al éxtasis: aporta vitalidad -se activan músculos antes inactivos-, energía e incrementa la actividad cerebral. Es un estímulo eficaz contra el estrés, la depresión y la tristeza.” Elsa Punset en su libro Brújula para navegantes emocionales, (Ed. Aguilar).
He tenido la suerte de trabajar con algunos entrenadores que han fomentado la risa y que han hecho de ella un “modus operandi”. También con otros que creían que estando serios sus alumnos iban a aprender y rendir más…
Me quedo con los primeros.
Para mí el sentido del humor es una herramienta fundamental y por eso intento transmitir el valor de la risa a los deportistas y entrenadores con los que trabajo.




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